Después de un post reivindicativo, ahí va uno más para evadirse un poco de la realidad. Ya hace algún tiempo, concretamente en 2006, que U2 lanzó un álbum recopilatorio de sus singles (llamado, U218 Singles).
En aquel disco se colaron algunas nuevas canciones para aprovechar el espacio que brindaba el CD, entre las que se encuentra Window in the skies . Para qué vamos a negarlo: no es de las mejores de U2, pero su vídeo sí que lo es tan sólo por el trabajo que conlleva.
Al parecer se hicieron dos versiones: una oficial y otra propuesta por la agencia. La oficial muestra extractos de actuaciones de una enorme cantidad de iconos musicales del s.XX, que se mueven al ritmo de la canción o cuyo movimiento de labios parece coincidir con la letra de los irlandeses. La alternativa es un trabajo infográfico que muestra al grupo desde sus primeros años.
Confieso que me gusta mucho la versión oficial, más que la alternativa, y que me costó lo suyo encontrarla. Hacer una lista de todos los músicos famosos que aparecen sería una tarea farragosa: entre otros se ve a Frank Sinatra, Elvis, los Who, Frank Zappa, los Rolling, etc. (hay frikis en Internet que los tienen a todos fichados). Yo no voy a hacer lo mismo, prefiero que le déis una oportunidad y me digáis qué os parece.
Para los curiosos, aquí tenéis la versión alternativa...
lunes, 17 de enero de 2011
jueves, 13 de enero de 2011
¿El futuro pasa por las bicicletas?
Este puede que sea un año fundamental para que salgamos de la famosa crisis económica, que ha sido sido provocada en gran parte por la avaricia y especulación de unos pocos. Han roto muchos platos (vajillas enteras, yo diría) que ahora estamos pagando el común de los mortales.Apretarnos el cinturón y navegar contra el peor de los mares, pero a cada ola que nos viene nuestro barco se hace más pequeño. ¿Cómo vamos a afrontar así la tempestad? Aumenta la tasa de paro, se nos aplica un mayor IVA, se retrasa la edad de jubilación y se necesitan todavía más años para cobrarla completa. En fin, una larga de medidas que se aplican en nuestra vida cotidiana.
El último ejemplo es el precio de los carburantes, que están subiendo espectacularmente y que en breve alcanzarán el máximo histórico de 2008 (cuando por ejemplo la 95 sin plomo se situó en 1,328 €/litro). Los expertos se justificarán diciendo que si los problemas en el golfo de México, que si los países productores, bla bla bla... Frente a estos argumentos, mucha de la gente de a pie piensa que los carburantes son caldo de cultivo para el enriquecimiento de muy pocos, y para que el estado nos incluya cada vez más impuestos indirectos. También reconocen que hay muchos más coches que antes y que los cogemos hasta para pasear el perro, pero no da para que se produzcan estas subidas.
Hoy mismo he puesto 95 s/p en mi coche a 1,303 (y he visto alguna gasolinera donde todavía estaba más cara), y me sorprende que todavía nadie haya puesto el grito en el cielo (por ejemplo, los transportistas). ¡Si hasta el diesel estaba igual de precio que las gasolinas! Lo que nuestro bolsillo comprueba día tras día es lo siguiente: combustible a precio europeo para sueldo español. ¿Cómo se come?
Al final nos veo a todos como los chinos en la época de Mao, con la bicicleta a todas partes. Os mandaré apartar a toque de timbre... !Riiiiiiiin, Riiiiiiiin!
domingo, 2 de enero de 2011
Microrrelato para 6/01/2010
El futuro del piazo

- Una semilla en esta tierra desolada ya no tiene sentido, hijo mío - afirmó Damián en aquel entorno agreste-. Durante años tu abuelo y yo nos hemos peleado con ella de sol a sol, encorvando nuestras espaldas, cuarteando y ennegreciendo nuestra piel, plagando nuestras manos de profundos y dolorosos surcos. Hemos vencido al hambre, pero es ingrata y no ha devuelto nuestro esfuerzo como debiera. Ahora está tan cansada que no puede darnos una triste cosecha más.
Se hizo un silencio y sonrió.
- Ya nos dejan sembrar en la vega. Es hora de que dejes la corbella y estudies.
Nota: "Piazo" es una porción más o menos grande de una tierra de labor, y "corbella" es otro término para hoz.

- Una semilla en esta tierra desolada ya no tiene sentido, hijo mío - afirmó Damián en aquel entorno agreste-. Durante años tu abuelo y yo nos hemos peleado con ella de sol a sol, encorvando nuestras espaldas, cuarteando y ennegreciendo nuestra piel, plagando nuestras manos de profundos y dolorosos surcos. Hemos vencido al hambre, pero es ingrata y no ha devuelto nuestro esfuerzo como debiera. Ahora está tan cansada que no puede darnos una triste cosecha más.
Se hizo un silencio y sonrió.
- Ya nos dejan sembrar en la vega. Es hora de que dejes la corbella y estudies.
Nota: "Piazo" es una porción más o menos grande de una tierra de labor, y "corbella" es otro término para hoz.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Adiós a CNN+
Esta semana hemos dicho adiós a CNN+, la cadena privada de información continua más antigua del panorama audiovisual español.
Independientemente de su color político se trataba de un medio riguroso y profesional en sus múltiples formatos (noticiarios, debates o magacines), que ha fomentado un debate plural y respetuoso y en el que han sido una pieza importantes grandes profesionales, como por ejemplo Iñaki Gabilondo o Antonio San José, entre otros.
La implacable y cruel ley del mercado ha hecho que en breve tengamos plenamente operativo en su misma frecuencia el canal Gran Hermano 24 horas. Sobran los comentarios...
Os dejo con su despedida, sobria pero elegante y directa.
Independientemente de su color político se trataba de un medio riguroso y profesional en sus múltiples formatos (noticiarios, debates o magacines), que ha fomentado un debate plural y respetuoso y en el que han sido una pieza importantes grandes profesionales, como por ejemplo Iñaki Gabilondo o Antonio San José, entre otros.
La implacable y cruel ley del mercado ha hecho que en breve tengamos plenamente operativo en su misma frecuencia el canal Gran Hermano 24 horas. Sobran los comentarios...
Os dejo con su despedida, sobria pero elegante y directa.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
¡No hay que esperar al año nuevo!

Primero fue la tele (¿os acordáis de toda la historia?... ¡y ahora es el portátil!
A diferencia de ella, él es pionero en su función dentro del marco en el que le tocará trabajar, y en el que por seguro triunfará. Acabo de desembalar la caja, he conectado los cables y ya estoy alucinando... Os seguiré informando.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Sobre los correctores de estilo
Acabo de ver en un blog llamado Miserias literarias un interesante post sobre los correctores de estilo... una de las principales actividades que desarrollo en mi vida profesional en el sector de las TIC. A pesar de su extensión y de que está más orientado al sector editorial y literario, no me he podido contener y lo reproduzco aquí en su totalidad, ya que la reflexión que hace es muy interesante.
Correctores de estilo
"Ante la evidente confusión que suele causar entre algunas personas el ejercicio de esta noble y poco reconocida profesión, quizá convendría comenzar matizando lo que un corrector de estilo no es. Un corrector de estilo no es un profesional dedicado a susurrarle al oído al escritor cómo y de qué manera debe redactar sus textos para que estos sean mejores o más hermosos. Tampoco es un profesional que reescribe páginas y páginas tratando de embellecer la prosa empleada por un autor con el fin de mejorar el estilo de sus textos. Aunque haya mucha gente que crea que su labor es esa.
Un corrector de estilo, a diferencia del corrector de pruebas que se encarga de los aspectos tipográficos de un texto —y aunque, en numerosas ocasiones, las dos figuras se reúnan en una sola y única persona—, es un profesional dedicado esencialmente a pulir y limar aquellos aspectos sintácticos y gramaticales que, sin ser errores desde un punto de vista ortográfico, afectan al estilo y que desvirtúan y actúan en detrimento del aspecto formal de la obra: pleonasmos, aliteraciones, fallos de concordancia, ambigüedades, aliteraciones…
Normalmente un profano suele preguntarse por qué un escritor —o alguien que se precie de serlo— debería precisar la ayuda de un corrector de estilo. Por qué alguien al que se le supone versado en lo que hace y dotado de unos dones y cualidades inherentes a su desarrollo profesional requiere de la ayuda de otra persona que pula y revise su trabajo. La respuesta es obvia y sencilla y podría resumirse en un viejo dicho popular: porque «cuatro ojos ven más que dos».
La ayuda de un corrector de estilo resulta imprescindible para llevar a buen término la redacción de un texto puesto que una de las grandes verdades del oficio de escribir podría resumirse en una única sentencia: no hay peor corrector para un texto que su propio autor. Máxime teniendo en cuenta que de una falta ortográfica es más o menos sencillo darse cuenta pero es mucho más complicado hacerse consciente de una incongruencia estilística. Al margen de la mejor o peor calidad literaria del autor, todos solemos recurrir a muletillas y apoyos de los que no siempre somos conscientes, más aún si, durante ese proceso, estamos pendientes de otras cincuenta cuestiones (personajes, tramas, desarrollo, ritmo narrativo…). Expresiones como «subir para arriba», «bajar para abajo» o «gran cochazo» no son incorrectas desde una perspectiva gramatical pero sí deplorables desde un punto de vista estilístico. Y su inadvertido uso, sin ser un pecado mortal, debería ser corregido y enmendado sin ninguna duda.
Por otro lado, el llevar a buen puerto la creación de una obra literaria es, al fin y al cabo, una tarea ardua y extensa pero sobre todo viva. Un trabajo de larga duración que muda y cambia a lo largo del prolongado lapso de tiempo en el que se desarrolla (meses e incluso años). Durante ese proceso, el autor, más preocupado de insuflar vida a sus textos y personajes, suele descuidar algunos parámetros relativos al propio aspecto formal. Y no siempre por desconocimiento o desidia profesional. Un texto literario se altera, se modifica durante su creación. Sobre la marcha se introducen retoques, nuevas tramas y argumentos y las escenas cambian de lugar. Eso provoca que, en ocasiones, queden frases deslavazadas, situaciones aisladas de su contexto original, planteamientos viudos. Uno de los personajes puede ser inicialmente un jardinero y meses después decidimos que sea chofer porque conviene mejor para nuestros fines argumentales. Para ello, revisamos todo y hacemos los cambios pertinentes pero resulta que en una de las páginas hemos pasado por alto que sigue poniendo que es jardinero. Cambiamos de lugar actos y situaciones, líneas temporales. Algo que ocurre antes pasa a suceder después. Y en el proceso nos dejamos algún rastro de lo anteriormente escrito creando situaciones paradójicas o erróneas. Es lo que en el cine se conoce como errores de racord. Y aunque leamos y releamos decenas de veces, pasaremos por encima de muchos de esos errores sin advertirlos por una razón muy sencilla y evidente: nosotros, como autores, no necesitamos leer nuestros textos en su totalidad para entenderlos puesto que nosotros hemos sido sus creadores. Lo conocemos. Sabemos lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que pasará. Y esa circunstancia nos conduce, aún sin quererlo, a leer muchas veces entre líneas nuestros propios textos pasando por alto infinidad de matices erróneos.
De evitar todo eso se encarga el corrector de estilo.
A raíz de esta tesitura suelen surgir dos dilemas de compleja resolución. Uno, desde la perspectiva del autor, ¿cómo interpretar las indicaciones de un corrector de estilo? Bien es cierto que al tratarse de una labor que, en stricto senso, no es correctora puesto que lo apuntado en la mayor parte de las ocasiones no son errores sino posibles mejoras, las indicaciones de un corrector de estilo —acertadas en su mayor parte— deben ser tomadas como lo que son: sugerencia de cara a mejorar el estilo de un texto. Si nosotros, como autores de un texto, determinamos que por razones de musicalidad, coherencia o expresividad, la frase, el párrafo o la oración debe mantenerse tal y como la redactamos originalmente, en nosotros debe estar siempre la última palabra. ¡Ojo!, que esa circunstancia no ciegue nuestra vanidad tratando de hacer pasar por «peculiaridades estilísticas» flagrantes errores que no queremos admitir. Para descartar la sugerencia de un corrector de estilo debemos albergar motivos fundados y claros. Como ya he comentado, las sugerencias aportadas por los correctores de estilo son acertadas en su mayor parte.
El otro dilema es más difuso en su planteamiento pero no por ello menos presente en el ámbito real. Muchos autores defienden el erróneo postulado de que el corrector siempre actuará en detrimento de la esencia genuina de su obra y renegarán de su labor pero el impulso que los mueve a rechazar dicha ayuda es de otro cariz. El autor, en su fuero interno, no puede evitar ponerse en el lugar del lector y pensar: ¿Qué confianza pueden merecer los textos de alguien al que se le supone ampliamente dotado y versado en su cometido pero que necesita del apoyo de un profesional en teoría más cualificado que él para esa labor? Es el miedo a esa supuesta «mala prensa», unido a ciertas dosis de soberbia, la causa por la que muchos escritores nieguen y renieguen de las aportaciones de un corrector de estilo. Apreciación completamente errónea en mi modesta opinión. A veces es muy necesaria aplicar una cierta dosis de humildad y reconocer que, al margen de nuestra valía literaria, no somos infalibles y cometemos errores. Y como profesionales forma parte de nuestra obligación entregar al lector, destinatario último de nuestro trabajo, el mejor producto posible."
Correctores de estilo
"Ante la evidente confusión que suele causar entre algunas personas el ejercicio de esta noble y poco reconocida profesión, quizá convendría comenzar matizando lo que un corrector de estilo no es. Un corrector de estilo no es un profesional dedicado a susurrarle al oído al escritor cómo y de qué manera debe redactar sus textos para que estos sean mejores o más hermosos. Tampoco es un profesional que reescribe páginas y páginas tratando de embellecer la prosa empleada por un autor con el fin de mejorar el estilo de sus textos. Aunque haya mucha gente que crea que su labor es esa.Un corrector de estilo, a diferencia del corrector de pruebas que se encarga de los aspectos tipográficos de un texto —y aunque, en numerosas ocasiones, las dos figuras se reúnan en una sola y única persona—, es un profesional dedicado esencialmente a pulir y limar aquellos aspectos sintácticos y gramaticales que, sin ser errores desde un punto de vista ortográfico, afectan al estilo y que desvirtúan y actúan en detrimento del aspecto formal de la obra: pleonasmos, aliteraciones, fallos de concordancia, ambigüedades, aliteraciones…
Normalmente un profano suele preguntarse por qué un escritor —o alguien que se precie de serlo— debería precisar la ayuda de un corrector de estilo. Por qué alguien al que se le supone versado en lo que hace y dotado de unos dones y cualidades inherentes a su desarrollo profesional requiere de la ayuda de otra persona que pula y revise su trabajo. La respuesta es obvia y sencilla y podría resumirse en un viejo dicho popular: porque «cuatro ojos ven más que dos».
La ayuda de un corrector de estilo resulta imprescindible para llevar a buen término la redacción de un texto puesto que una de las grandes verdades del oficio de escribir podría resumirse en una única sentencia: no hay peor corrector para un texto que su propio autor. Máxime teniendo en cuenta que de una falta ortográfica es más o menos sencillo darse cuenta pero es mucho más complicado hacerse consciente de una incongruencia estilística. Al margen de la mejor o peor calidad literaria del autor, todos solemos recurrir a muletillas y apoyos de los que no siempre somos conscientes, más aún si, durante ese proceso, estamos pendientes de otras cincuenta cuestiones (personajes, tramas, desarrollo, ritmo narrativo…). Expresiones como «subir para arriba», «bajar para abajo» o «gran cochazo» no son incorrectas desde una perspectiva gramatical pero sí deplorables desde un punto de vista estilístico. Y su inadvertido uso, sin ser un pecado mortal, debería ser corregido y enmendado sin ninguna duda.
Por otro lado, el llevar a buen puerto la creación de una obra literaria es, al fin y al cabo, una tarea ardua y extensa pero sobre todo viva. Un trabajo de larga duración que muda y cambia a lo largo del prolongado lapso de tiempo en el que se desarrolla (meses e incluso años). Durante ese proceso, el autor, más preocupado de insuflar vida a sus textos y personajes, suele descuidar algunos parámetros relativos al propio aspecto formal. Y no siempre por desconocimiento o desidia profesional. Un texto literario se altera, se modifica durante su creación. Sobre la marcha se introducen retoques, nuevas tramas y argumentos y las escenas cambian de lugar. Eso provoca que, en ocasiones, queden frases deslavazadas, situaciones aisladas de su contexto original, planteamientos viudos. Uno de los personajes puede ser inicialmente un jardinero y meses después decidimos que sea chofer porque conviene mejor para nuestros fines argumentales. Para ello, revisamos todo y hacemos los cambios pertinentes pero resulta que en una de las páginas hemos pasado por alto que sigue poniendo que es jardinero. Cambiamos de lugar actos y situaciones, líneas temporales. Algo que ocurre antes pasa a suceder después. Y en el proceso nos dejamos algún rastro de lo anteriormente escrito creando situaciones paradójicas o erróneas. Es lo que en el cine se conoce como errores de racord. Y aunque leamos y releamos decenas de veces, pasaremos por encima de muchos de esos errores sin advertirlos por una razón muy sencilla y evidente: nosotros, como autores, no necesitamos leer nuestros textos en su totalidad para entenderlos puesto que nosotros hemos sido sus creadores. Lo conocemos. Sabemos lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que pasará. Y esa circunstancia nos conduce, aún sin quererlo, a leer muchas veces entre líneas nuestros propios textos pasando por alto infinidad de matices erróneos.
De evitar todo eso se encarga el corrector de estilo.
A raíz de esta tesitura suelen surgir dos dilemas de compleja resolución. Uno, desde la perspectiva del autor, ¿cómo interpretar las indicaciones de un corrector de estilo? Bien es cierto que al tratarse de una labor que, en stricto senso, no es correctora puesto que lo apuntado en la mayor parte de las ocasiones no son errores sino posibles mejoras, las indicaciones de un corrector de estilo —acertadas en su mayor parte— deben ser tomadas como lo que son: sugerencia de cara a mejorar el estilo de un texto. Si nosotros, como autores de un texto, determinamos que por razones de musicalidad, coherencia o expresividad, la frase, el párrafo o la oración debe mantenerse tal y como la redactamos originalmente, en nosotros debe estar siempre la última palabra. ¡Ojo!, que esa circunstancia no ciegue nuestra vanidad tratando de hacer pasar por «peculiaridades estilísticas» flagrantes errores que no queremos admitir. Para descartar la sugerencia de un corrector de estilo debemos albergar motivos fundados y claros. Como ya he comentado, las sugerencias aportadas por los correctores de estilo son acertadas en su mayor parte.
El otro dilema es más difuso en su planteamiento pero no por ello menos presente en el ámbito real. Muchos autores defienden el erróneo postulado de que el corrector siempre actuará en detrimento de la esencia genuina de su obra y renegarán de su labor pero el impulso que los mueve a rechazar dicha ayuda es de otro cariz. El autor, en su fuero interno, no puede evitar ponerse en el lugar del lector y pensar: ¿Qué confianza pueden merecer los textos de alguien al que se le supone ampliamente dotado y versado en su cometido pero que necesita del apoyo de un profesional en teoría más cualificado que él para esa labor? Es el miedo a esa supuesta «mala prensa», unido a ciertas dosis de soberbia, la causa por la que muchos escritores nieguen y renieguen de las aportaciones de un corrector de estilo. Apreciación completamente errónea en mi modesta opinión. A veces es muy necesaria aplicar una cierta dosis de humildad y reconocer que, al margen de nuestra valía literaria, no somos infalibles y cometemos errores. Y como profesionales forma parte de nuestra obligación entregar al lector, destinatario último de nuestro trabajo, el mejor producto posible."
martes, 23 de noviembre de 2010
Cómo conocer el mundo con Michael Palin... y una sonrisa

Una vez que a uno le entra el gusanillo de viajar, no se puede dejar de pensar en dónde se irá o qué se visitará. Se pueden comprar muchas guías, leer en Internet, pero tengo que reconocer que hay una fuente que me resulta muy agradable de consultar: los documentales de viajes de Michael Palin.
¿Quién es este señor, os preguntaréis? Se trata de un famoso cómico, actor, escritor y presentador televisivo que se dio a conocer mundialmente como miembro del grupo humorístico británico Monty Python, y más adelante como guía de documentales de viajes en TV. Cuenta con el honor de ser Caballero del Imperio británico
A pesar de que ha seguido su carrera de actor en solitario con relativo éxito (fue premiado por su papel secundario en Un pez llamado Wanda), Palin ha cosechado un notorio éxito como escritor de viajes y presentador de documentales en la BBC sobre este tema. En ellos deja traslucir su peculiar sentido del humor ("of course, british!"), así como su simpatía, curiosidad y respeto por las gentes con las que se encuentra. Se mezcla con los lugareños allá donde va (recomiendo verle recoger la basura en Venecia con los trabajadores municipales), lo que le permite alejarse del documental de viajes "canónico". Con todo, tiene concesiones a la galería y de vez en cuando se permite sus lujillos ("Humanum est", you know!) Sus viajes para la BBC le han llevado por todo el mundo (incluso en uno de ellos lo rodea siguiendo a Julio Verne), del Polo Norte al Sur, el desierto del Sáhara, el Himalaya y Europa del Este, entre otros. En España se han transmitido, entre otros, por el Canal 33 catalán.
Si queréis más información (aunque está en inglés), podéis consultar su web de viajes, algún interesante post al respecto de su trabajo en webs de viajes o los múltiples extractos de sus vídeos que circulan por Internet. No os arrepentiréis.
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