viernes, 5 de noviembre de 2010

Otro microrrelato

El juego de Ole
Rutinariamente intercambio sus pulseras identificativas, porque sé que le descoloco.

Al abrir el maletín y exponerme cada mes las referencias de su muestrario, el metódico y ordenado Olegario Maluenda ve sometida su paciencia hasta los límites del estoicismo. Con una indumentaria que vivió mejores tiempos, mueve su escasa y oronda anatomía resoplando con frecuencia. Los vahídos se escapan por debajo de su bigote cano, al tiempo que entorna los ojos y se seca el sudor nervioso.

Entre sus compañeros de profesión se habla de sus ventas. Al cogerme de la mano por primera vez, comprendí el secreto de su éxito.

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